PABLO.

CUANDO LAS HERIDAS SE MIDEN CON LA VIDA

Eran las 7 de la maňana y como todos los días preparaba el desayuno,
mi abitudinario té. Y el desayuno para mi hermano Pablo, y mis hijos.
A veces, a esa hora, miraba a través della ventana de mi cocina , defrente
a la de mi hermano.
Entre nosotros un patio, como un vacío enorme. Pero, esa maňana,
mi hermano gritaba con el cigarrillo en la boca mientras hacía sus
cien pasos para acompaňar sus gritos, su delirio. Vivíamos en Italia,
pero él continuaba a hablar en castellano, frases a veces incomprensibles,
tanto como reales, pero de una realidad transformada en locura.
Sus estribillos: “Porqué los militares les mataban los hijos a las
madres de Plaza de Mayo”.
En esos fragmentos lingüísticos estaba todo: su vida, la vida de mi
país, la Argentina, y mi vida.
El medicamento empezaba a no hacer mas efecto, entonces regresaba
allá, de donde habíamos partido.
Frases que cuentan todo, palabras que pesan como piedras sobre la
memoria. El servicio militar, los coroneles, los traumas infantiles.
Lo veía, tenía que ir a trabajar al hospital. El era él, pero yo era él y
yo al mismo tiempo. Como un destino que fue a contramano. Saboreaba
lentamente mi té y sus palabras seguían los momentos de esta
vida. Quise hacer teatro, pero, por él y por mí , me recibí de psicologa,
después psicoanalista, y lacaniana. Quizás, por ir mas allá de las palabras.
Para salir de esta herencia que pesa, quieras o no.
Ahora hay un deseo de vida que como un hilván une un continente
al otro, una palabra a la otra.
Es por esto que estamos destinados a entrar dentro de las palabras:
a entrar y a salir, para entender el porqué, pero tambien el misterio.
¿Porqué no? El misterio de una vida que se confunde con la locura
que pesa mucho, para poder sonreir allí donde las sonrisas, a veces,
parecen paralizadas.